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CUANDO
NO
SIGNIFICA JAMÁS |

TRÁFICO
INFANTIL
La
ruta de Nepal a Bombay
Buna
Lama trabajó durante años como sirvienta de un lama en un
monasterio budista. Un día, el lama la vendió a un traficante
que a su vez la revendió a un burdel de Bombay. El sida le ayudó
a volver a Nepal.
Por
Chelo
Alvarez Fotografía de Jennifer
Beckman
Publicado
en la revista Planeta Humano, España, en febrero de1999
Sapana fue secuestrada en las faldas del Himalaya cuando tenía
17 años y prostituida en Bombay hasta que hace año y medio
logró huir. Hoy, con 23 años, lidera en Katmandú una
organización, Shakti Samuha, para detener el tráfico de niñas
para la prostitución en la llamada ruta del estaño. No sólo
tiene que enfrentarse a las mafias y a la corrupción política,
sino sobre todo a la incultura y a los tabúes que impiden
hablar de abusos sexuales. Pero Sapana ya ha llevado a juicio a
algunos traficantes y está dispuesta a hablar alto y claro para
que lo que le sucedió a ella no se repita jamás.

Póster
de INHURED International para la prevención del tráfico
Sapana, como Bombay, ha cambiado de nombre. La diferencia entre
esta frágil joven de las remotas colinas de Sindhupalchowk, al
noreste de Katmandú, en la falda del Himalaya, y la ciudad
hasta-ahora-conocida-como-Bombay, 2500 km hacia el Océano
Indico, está en su voluntad de cambio. Bombay, antítesis del
paraíso que cantó Mecano, es, para Sapana sinónimo de
infierno en vida: Sapana es una de las cerca de 7000 mujeres que
cada año se ven arrastradas a la transitada ruta del estaño,
el camino hacia la prostitución.
El
hecho de que el mundo entero se empeñe en seguir viendo a esta
bahía con buenos ojos, como la vieron hace cuatro siglos los
portugueses: Bom Baim (Buena Bahía), resulta un índice
claro de lo que cuesta cambiar de hábitos, de tendencias, y
sobretodo, de manera de pensar.
No
basta con acusar a Bombay —o Mumbai— de ser uno de los
puntos de trata de niños para la prostitución más
efervescentes del mundo. Es cierto que Bombay, tal vez tras un
ligero examen de conciencia, decidió dejarse de eufemismos y
encomendarse a Mumba Devi, la diosa local, de quien ha tomado su
nuevo nombre. Eso es sólo el primer paso. Reconocer que los
barrios de Kamathipura o Falkland Road son jaulas donde se
hacinan más de 100.000 niñas y jóvenes que buscan la varita mágica
para borrar el pasado, sería el segundo. Pero antes de
desoxidar goznes, de seguir imponiendo redadas de fachada, de
crear más centros de rehabilitación de futuro incierto, hay
que empezar cambiando la conciencia de todos. Y, aunque Mumbai y
su red de tráfico de sexo infantil siga mirándose el ombligo
entre las aguas de las siete islas que abarca, cambiar la manera
de pensar de su gente es, 2500 km al noreste, lo que Sapana pretende: “Dicen que nos venden porque hay pobreza. Pero creo
que es la ignorancia lo que lleva a tantas mujeres allí”. Sapana y otra docena de muchachas repatriadas desde India, han creado
su propia organización: Shakti Samuha (Grupo de poder). Shakti
Samuha no es una ONG más en el conglomerado de esfuerzos
aislados en Nepal. El valor de Shakti Samuha está en su base: jóvenes
traficadas que han convertido el sufrimiento del pasado en una
herramienta para un digno presente.
A
los 16 años, la familia casó a Sapana con su propio tío. Un
año más tarde, unos
parientes lejanos la secuestraron y la vendieron a un burdel de
Bombay.
El
primer día que Sapana nos invitó a su nuevo hogar, la sede de
Shakti Samuha, situada en el edificio de la organización WOREC
(Women’s Rehabilitation Center) en las afueras de Katmandú,
era sábado, el día festivo en Nepal, y día de baño y colada.
En la terraza donde nos recibió los saris multicolores se
secaban al sol. Algunas mujeres se emplastaban el pelo de henna
y otras se pintaban arabescos en las manos, parecía un sábado
en el colegio mayor, si no fuera porque estas estudiantes sin
bata blanca lo habían aprendido todo en carne viva.
Contar
la verdad en voz alta no es fácil -tampoco existen estadísticas
actuales fidedignas en que apoyarse. Hasta las propias compañeras
le dieron la espalda a Sapana por habernos dado demasiados detalles.
Ser subyugada a lo más ínfimo equivale a perder toda la fe en
el ser humano “ya no podía confiar en nadie” dice Sapana,
“en los peores momentos pedía a Dios, por favor, sácame de
aquí, pero los humanos, para mí ya no eran más que animales.
Cuando los humanos te tratan como a un animal, ya no puedes
verlos de otra forma”. Sin embargo, Sapana no está sola: “me
sentí marchitada como una flor, pero hoy gracias a gente como
Shakya, y a otros amigos de las ONG que nos han apoyado, siento
que estoy empezando a volver casa”. Anjana Shakya es la
directora de derechos de la mujer de INHURED International
(International Institute for Human Rights, Environment and
Development). Shakya, que se vio obligada a escapar de su
familia política, dejó atrás marido e hijo para poder
estudiar y se licenció en Antropología en la Universidad de
Smith, Estados Unidos, es hoy una experta sobre la condición de
la mujer en Nepal y el tráfico infantil en foros
internacionales y ante las Naciones Unidas. Shakya nos condujo
hasta Sapana y Shakti Samuha.
Sapana,
hoy 23 años, no empieza narrando la historia de su vida por el
principio: empieza contando lo difícil que le ha resultado
demandar a los traficantes. Se siente orgullosa de ello, aunque
eso suponga, entre otras cosas, que no pueda regresar a su
pueblo. Sapana es casi la excepción de la regla, la mayoría de
las jóvenes no se atreven a presentar la demanda, o fracasan al
primer intento. “La primera vez que fui a declarar, los policías
se rieron de mí y me dijeron que para qué me molestaba, que
quién iba a creerme y qué iba a conseguir yo, casi una niña”
…frente a un montón de traficantes con dinero y poder. Pero
nada podía detenerle ya y actualmente uno de sus traficantes
está en la cárcel, aunque los otros tres se las han apañado
para salir. La rufianesca ha incluso “creado un fondo para
poder pagar la fianza cada vez que un traficante o chulo entra
en prisión”, apunta Shakya. Para Jeannine Guthrie cuya
investigación dio lugar al informe Rape for Profit de
Human Rights Watch/Asia, el estudio más en profundidad
publicado sobre el tema “es una mezcla de pobreza y corrupción
lo que da lugar al tráfico”. De hecho, la mayoría de los
traficantes cuenta con el apoyo de los parlamentarios de su
distrito. “En Lokhmanpur se sabe quién está implicado, pero
es muy difícil hacer nada por la protección que tienen a nivel
político. No sólo en Sindhupalchowk y Nawakot, también en
Makwanpur, al suroeste de Katmandú, se sabe qué parlamentarios
están directa o indirectamente implicados en el tráfico”
confirma Shakya.
A pesar de que Nepal abrazó la democracia en 1990 (Nepal
es uno de los países más pobres del mundo, tiene 20
millones de habitantes y 60% de desempleo en varones)
el sistema feudal sigue muy enraizado y los traficantes saben
que los políticos necesitan dinero para sus campañas y que la
policía está mal pagada. La ruta del estaño da para todos.

Techos
de hojalata en el distrito de Sindupalchowk,
donde
se consideran un símbolo de prestigio
Los
techos de hojalata son hoy un símbolo de posición social en el
distrito de Sindhupalchowk. Algunas de las jóvenes que dejaron
atrás la aldea secuestradas o engañadas con falsas promesas
para acabar en los prostíbulos de Bombay, regresan años más
tarde, convertidas ya en madames
con burdel propio, envueltas en oro y llamativos saris, y se
afanan por techar de hojalata su choza, hojalata que reluce ya
en los hogares de quienes un día las vendieron.
Para
entender el nivel de total ignorancia de las familias hay que
visitar la región: Sin electricidad, ni carreteras, viven en un
planeta muy simple donde el bien es la cosecha y el mal —mal
menor— el monzón. Sólo imaginan maravillas de las ciudades
que para ellas son futuristas y donde el mal no tiene lugar.
La casa sobre ruedas
Tenía
17 cuando cayó presa de la trata. Sapana era la más joven de los
cuatro hermanos de una familia de campesinos de Sindhupalchowk
abrumada por el abuso de poder de los terratenientes de la zona.
Fue a la escuela hasta los 14 años pero no pudo continuar por
la carga económica de su familia y a los 16 la casaron con su
propio tío. Su padre murió el día de su boda y a partir de ahí
una avalancha de vientos gélidos la barrió hasta el hampa de
Bombay. “Cada día salía al bosque a por leña y a forrajear
con un grupo de vecinas. Pero aquel día estaba sola. Oí un
ruido y pensé que eran los soldados, ya que me había adentrado
en zona militar, a sabiendas, donde hay más forraje y mejor leña”.
Los forrajeros furtivos usan escondites fijos así que no le
sorprendió encontrar a paisanos en el escondite más cercano.
Los paisanos resultaron ser unos parientes lejanos que llevaban
meses acosándola y ofreciéndole un buen trabajo en la ciudad.
“¿Cuánto más nos vas a hacer esperar como pájaro al acecho?;
¡llevamos años esperándote!”, le apremiaron los parientes.
“Cuando me negué de nuevo a ir con ellos, me arrebataron la
hoz y echaron la carga monte abajo y con la cinta de acarrear la
carga me ataron las manos. Luego me forzaron a tragar una pasta
blanca a base de coco y azúcar, y cuando me desperté me
encontré en una casa muy grande. Me asusté mucho cuando me
asomé a la ventana porque era la primera vez que veía una
ventana de cristal. Enseguida pregunté qué era esa cosa
ruidosa alargada que se movía al otro lado de la ventana. Un
tren, me contestaron, y horrorizada, me quedé mirando a esa
casa que se movía!”. Estaban en Gorakhpur, cientos de kilómetros
al sur, ya en la India, un área de “acicalamiento”, donde
las limpian, visten, dan bien de comer, para que tengan buen
aspecto al llegar a Bombay. “Me dijeron que me iban a llevar a
Cachemira para darme un buen trabajo, y eso me tranquilizó un
poco porque al menos había oído hablar de Cachemira en mi
aldea, pero al llegar a Bombay me vendieron a una mujer que dijo
ser de mi aldea y desaparecieron”.
MIGRACION
FORZOSA
Secuestros
como el de Sapana son frecuentes. Sin embargo, es cierto que un
gran número de mujeres se va más o menos por sus propios pies.
Para entender el nivel de total ignorancia de las familias hay
que visitar la región: sin electricidad, sin carreteras, sin
televisión, viven en un planeta muy simple, donde el bien es la
cosecha y el mal –o mal menor, el monzón. Desde su ingenuidad,
sólo pueden imaginar maravillas de las ciudades que para ellos
son futuristas y el mal no tiene lugar.

No vendas tu cuerpo
Las
ong han colocado letreros en las estaciones de autobuses avisando
sobre los peligros del tráfico.
Muchos
saben que sus hijas terminarán en la India, pero están
convencidos de que en trabajos domésticos –una salida bien
honrosa para el incierto futuro de la vida campesina limitada
por la estacionalidad monzónica. Una cosecha al año no da para
mucho y la mayoría se ve obligada a emigrar a la capital
durante los meses de verano, los llamados “meses de hambre”,
antes de la cosecha, en busca de subsistencia. Esta migración
forzosa, se conoce como lahur, toda una tradición en
Sindhupalchowk y Nawakot, cuyos orígenes se cree se remontan al
reclutamiento de Gurkhas entre las minorías étnicas nepalesas
por el ejército británico.
“No
es verdad que los padres vendan a sus hijas para la prostitución”
dice Kumari Gurung, una activista de 38 años y secretaria del
Maila Atma Nirbarta Kendra (Women Self-Reliance Center) en
Melamchi Pul, en el corazón de Sindhupalchowk, y a tres horas
de carretera y tres de camino de cabras de Katmandú, mientras
nos sirve un té nepalí sobre la esterilla donde nos sentamos.
Hubiéramos querido visitar el pueblo de Sapana pero suponía un día
entero de escalada a pié desde Melamchi. “Son traficantes
quienes se las llevan, o si las envían las familias, lo hacen
pensando en que van a trabajar en una fábrica o como empleadas
de hogar”. Los propios padres o hermanos encomiendan o
‘venden’ a las jóvenes a “agentes laborales” que a
cambio de cantidades irrisorias (desde 200 a 2000 Rupias nepalís
– de 3 a 20 dólares) prometen matrimonios o puestos de
trabajo ficticios a las jóvenes en Katmandú o en Bombay. Por
las ventanas sin cristal, se divisan los techos de hojalata de
la aldea donde una famosa madame, dueña de más de 500 jóvenes
en Bombay, aterrizó tiempo atrás en helicóptero. Cuando
regresó a India, dicen que la siguieron 6 jóvenes del lugar.
Es difícil creer que no se fueron deslumbradas.
En
la escuela de Melamchi Pul encontramos muchas niñas de la casta
chetri (la más alta, después de la Bramín), pero no vimos niñas
de las etnias más pobres en la escuela – los estudios están
limitados, si cabe, a los hijos varones, y las niñas se ven
reducidas a bestias de carga de la familia. “La clave del
problema está en la baja condición de la mujer en Nepal”
explica Shakya, “cuando se anuncia el nacimiento de una niña,
todos expresan su condolencia”.
TALLER
IMPROVISADO
Mientras
tomábamos el té, las escolares chetri se amontonaron en el
umbral de la puerta y les invitamos a sentarse con nosotras. Sapana
improvisó rápidamente un taller cultural. De pronto se
transformó, ya no era una traficada, una víctima, era alguien
con fuerza, con algo importante que transmitir: ¿Sabéis qué
es el tráfico? ¿Sabéis cómo se contagia el sida?. Durga
Dulal, chetri de 15 años, responde a Sapana con mucho respeto,
olvidando la diferencia de castas, y confiesa que sí ha oído
hablar del tráfico de niñas pero que no conoce a ninguna que
se haya ido y cree que el sida se transmite comiendo del mismo
plato.
De
Bombay, también llamada “Bollywood”, la meca del cine indio,
las jóvenes sólo conocen los culebrones musicales, y de
Katmandú la promesa de un trabajo remunerado en un telar de
tapices. Pero los telares se han convertido hoy en uno de los
puntos clave de reclutamiento o secuestro de jóvenes para el
comercio del sexo. De 300 cautivas del sexo entrevistadas por la
ONG nepalesa CWIN en 1994, el 40% habían sido traficadas en los
telares de alfombras del valle de Katmandú, donde el 80% de los
empleados, adultos y niños, es de la etnia Tamang, de las más
pobres en Nepal, pero la más cotizada en el hampa de Bombay.
Las mujeres de las minorías étnicas de origen Tibeto-Burmés,
como las Tamang, Sherpas, Lamas o Gurungs son apreciadas como
las más bellas por su piel amarfilada y rasgos orientales.
Lo
que nadie sabe, porque nadie cuenta, es la vida que espera a las
niñas y jóvenes como cautivas sexuales. Y es precisamente eso
lo que Sapana quiere contar. Contárselo a los aldeanos, y a
sus hijas, a todo al que le deslumbra el estaño. “Si lo único
que saben de quien regresa de Bombay es que se lo pasan bien y
que llevan ropa bonita, les entran ganas de ir” señala Sapana.
“Así no tendré que sufrir el monzón’, piensan,’ lo único
que tengo que hacer es estar en una habitación para ganarme la
vida’, pero no saben de qué va la cosa…”. Sapana sucumbió a
las palizas de la garwhali tras resistirse durante un mes,
pero desde entonces tuvo que aceptar todo tipo de vejaciones físicas
y síquicas, incluido el aborto forzoso.
No
es fácil denunciar lo que les ha sucedido y tampoco existen
estudios estadísticos fiables. Incluso algunas muchachas
de Shakti Samuha le dieron la espalda por habernos contado su
caso con pelos y señales. Ser sometida a las peores vejaciones
hace que muchas pierdan su fe en el ser humano. “Ya no me
fiaba de nadie” dice Sapana. “En los peores momentos,
rezaba a Dios y le pedía que me sacase de allí”. Los hombres
no eran más que animales. No puedes verlos de otra forma cuando
te han tratado como si fueras un animal tú misma”. Pero Sapana no
está sola: “Me sentí como una flor destrozada, pero
hoy, gracias a gente como Shakya y otros amigos que nos
apoyaron, siento que estoy empezando a volver a casa”

Chelo
Álvarez entrevistando a una trabajadora sexual en un burdel de
Sonagachi,Calcuta,
con un asistente social/intérprete.
En
1997, un juez lanzó un ataque frontal contra la prostitución,
a raíz del cual la policía de Bombay ‘liberó’ a 458
mujeres de los burdels (215 de ellas eran nepalís). Sapana fue una
de las 128 que se atrevieron a volver a su país. El 60% de
ellas eran seropositivas.
Sapana y las jóvenes de Shakti Samuha realizan la mayor parte de sus
actividades en los telares de Katmandú. Han visitado 30 telares
donde han hablado con las mujeres y compartido su experiencia.
“No fue fácil introducirnos en los telares, y que los dueños
nos aceptaran” dice, pero ya se han acostumbrado. En los
telares desmienten las promesas de un trabajo mejor pagado, y
explican cómo acaban vendidas a las dueñas de los prostíbulos,
que en muchos casos proceden de la misma región, por la
irreembolsable suma de 15.000 a 55.000 Rupias indias, lo que se
traduce en años de trabajo en cautivero para devolver la deuda.
Pero las muchachas nunca llegan a conocer su precio, sólo saben
que al llegar les dicen que tienen que trabajar un número
indefinido de años para devolverlo.
Y
muchas veces la trata no queda ahí, hay prostíbulos de
distintas categorías, de niñas ‘por domesticar’ (verdaderos
centros de entrenamiento) y de ‘domesticadas’, o de
‘finas’ que pueden ir a los hoteles y muchas niñas las ‘promocionan’,
revendiéndolas de uno a otro. Las muchachas no reciben salario
alguno, viven de las propinas (a veces tan bajas como 2 a 5
rupias) de los 10 a 30 clientes diarios, y su deuda no disminuye,
sólo aumenta, pues la gharwali no perdona los pagos de
visitas a médicos, de pruebas de sida a que obligan ciertos
clientes, que suman a la cuenta con el debido interés, aunque
las jóvenes ignoran qué es el sida y la finalidad de las
pruebas.
Una
vez que los síntomas del sida las delatan, o que los
laboratorios dicen que son seropositivas, les dan el portazo.
Pero la mayoría no saben porqué. “Al principio me salían
furúnculos en la cara y me entraba mucha fiebre. Pero rompía
la hucha y con 13 o 14 rupias me ponían una inyección que me
lo curaba, pero al final me puse ya tan mala que no podía ni
levantarme. Un shaman nepalés que venía a vernos me
dijo que las serpientes de mi casa estaban poseídas de ira, y
que para calmarlas debía volver a casa. Así que mi dueña
me dio 500 Rupias y las otras muchachas me dieron una o dos
rupias cada una y me pidieron que no regresara más”. Quien así
habla es Buna Lama, hoy 36 años, y enferma de sida. A Buna la
vendió a un prostíbulo de Bombay el propio lama del monasterio
donde, tras una infancia de miseria y abusos, se había
refugiado como sirvienta durante 8 años. Desahuciada, 22 meses
más tarde, emprendió el regreso a Nepal..

Buna
Lama, tras su testimonio en la Conferencia sobre la Mujer en
Beijing, en 1995
Las
mujeres de grupos étnicos como los Lama o los Tamang, son las más
solicitadas en el comercio del sexo. Se les considera las más
bonitas por su piel color marfil y sus facciones orientales.
Buna
no supo que tenía sida hasta que ingresó en un hospital en
Katmandú. Shanta Sapkota la recogió del hospital cuando pesaba
35 kg. y la acogió en el Shanti Rehabilitation Center que había
creado para mujeres desplazadas.
El
sida es la razón por la que en los últimos años, la edad de
las niñas vendidas a los carteles del sexo se ha encogido. Según
el informe Rape for Profit, en la década de los 80 la
edad media de las jóvenes traficadas estaba entre los 14 y los
16, y a mediados de los noventa, entre 10 y 14. Cuanto más jóvenes,
menor la posibilidad de que estén contagiadas de sida.
Cuando
en 1997 un juez indio arremetió contra las prostitutas de
Bombay acusándolas de ser la raíz de la epidemia de sida que
afecta a la ciudad, la policía “rescató” a 458 mujeres de
las que 215 eran nepalesas. Sapana era una de ellas. En
aquella ocasión no sirvieron los sobornos que en dos redadas
anteriores habían devuelto a Sapana al burdel. De las 215
nepalesas, 128 se atrevieron a volver a su país, pero algunas,
rechazadas por sus propias familias, o incapaces de reintegrarse,
decidieron regresar a la misma vida. De las mujeres nepalesas
que volvieron a Nepal, el 60% eran seropositivas.
Una
vez en Nepal, deben empezar desde cero. “No nos dejaron
traernos nada, ni siquiera las cuatro cosas que habíamos
comprado con las propinas que nos daban vendiendo la sangre del
corazón y del cuerpo” se lamenta Sapana. Sapana llegó a tener una
cadena de oro que le regaló un cliente árabe del que habla con
cariño: “el único que no me pidió hacer nada raro. Estuve
con él seis meses y sólo quería que le cuidase, porque estaba
enfermo, y me llevaba a su hotel a darle masajes, prepararle té,
darle las medicinas, hasta me presentó a su mujer e hijos
cuando vinieron a verle”. Dicen que si Bombay cerrase las
puertas a los hombres del Golfo Pérsico, tendría que colgar el
cartel de cerrado en sus prostíbulos.
Sapana fue afortunada, su familia es una de las escasas que supo
abrirle los brazos a su regreso; incluso su marido-tío le invitó
a volver a casa, pero se había vuelto a casar con una prima de Sapana y no quiere incomodarla. “Además”, explica, “la
familia de mis traficantes vive al otro lado de la calle”.
Pero sobre todo, tiene ante sí una gran empresa: deshilar la
ruta del estaño.
En
1997, INHURED International organizó la conferencia de
seguimiento Mini-Beijing, en la que intervinieron desde ex-traficantes
hasta padres de las víctimas, abogados, médicos, profesores, y
numerosas jóvenes traficadas. “Siempre hemos querido apoyar a
las víctimas para que luchen por sí mismas. Después de
la conferencia, Sapana se acercó a mí y me dijo que la
conferencia le había ayudado a ver cómo salir adelante, hasta
entonces se había limitado a aprender a coser, a hacer punto,
pero le faltaba la fuerza… La organización se la dio y le
invitó a asumir el liderazgo. Sapana se sintió asustada al
principio, pero hoy está ya lanzada. Shakti Samuha se fundó en
1997 y en mayo del 98 se consiguieron los primeros fondos para
montar el centro de acogida. Entre otras actividades, Sapana y sus
compañeras visitan a las mujeres retornadas o a sus familias en
las aldeas remotas, les ofrecen apoyo, esperanza. El último
proyecto de INHURED International en el que Sapana participa es la
elaboración de un cómic sobre el tráfico, una de las mejores
herramientas para llegar a los campesinos.
Al
regreso de Sindhupalchowk, y para despedirnos, fuimos a cenar a
un conocido restaurante para occidentales. Decidimos enfrentar a Sapana a un último desafío: comer ensalada italiana de pasta y un
enorme chuletón. No se lo podía terminar, eran más calorías
de las que iba a ingerir en un mes con su plato diario de arroz.
Pero Sapana siguió luchando con los cubiertos y exclamó: “cómo
voy a dejar algo en el plato cuando hay quien sigue teniendo que
vender su cuerpo por comida”. En sus ojos canela parecía
reflejarse la caseta número 104 del callejón 11 de Kamathipura,
Bombay, la buena bahía.
©1999
Texto de Chelo
Alvarez
©1999 Fotografía de Jennifer Beckman
Traducido por Susa
Oñate
EPÍLOGO
Marzo del 2003
Conocimos
a Sapana por primera vez en 1998.
En
1999, después de publicar este reportaje, los editores de
Planeta Humano galardonaron a Sapana con una beca para personas que sobresalen en su lucha por crear un mundo mejor.
INHURED
International, entre otros proyectos, editó un libro de cómic
antitráfico que se usa actualmente en las escuelas rurales como
herramienta de prevención.
Cuando
ví de nuevo a Sapana en diciembre del 2002, con el fin de
entrevistarla para el documental Niñas
de hojalata, trajo a su hijo de año y medio con ella. En aquel intervalo de tiempo, Sapana había regresado a su pueblo y se había vuelto a casar. Además de cuidar a la familia política y de realizar las numerosas tareas de una mujer de aldea (ir a por agua, a recoger leña y forraje para los animales, etc.), presidía el capítulo local en el pueblo de una asociación para la mejora de la condición de la mujer.
Sapana vivía
con su hijo y marido en su aldea de la zona de
Sindhupalchowk, al norte de Katmandú, aunque su marido
trabajaba en la capital. Como activista, estaba a cargo de
varios proyectos de apoyo a la mujer y me dijo: "Quiero darle a
mi hijo los mejores estudios para que pueda llegar a ser abogada
de derechos humanos”.
MARZO DEL 2004
A finales del 2003 volví a ver a Sapana en Katmandú. Se había visto obligada a regresar a la capital, ya que, estando de nuevo embarazada de tres meses, tres mujeres de su aldea, primas de sus traficantes, le habían dado tal paliza que le hicieron abortar. Las mujeres le acusan de haber llevado a los traficantes a la cárcel.
En Kathmandú, el Proyecto Masala, junto con las organizaciones Shakti Samuha y Manch, le ayudó a montar un proyecto de generación de ingresos: una pequeña tienda de comestibles. En julio del 2004 empezó a llevar a su hija a la guardería, mientras atendía su comercio de 6 de la mañana a 9 de la noche.
En
inglés: Tin
Girls
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